FRIDA KALHO

noviembre 15, 2012 § 2 comentarios

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

Chicas, no recuerdo cuando descubrimos exactamente el fenómeno Frida. Lo que sí recuerdo es que fue un hallazgo fascinante. Aquella artista cejijunta de osadía folclórica y reivindicativa que conseguía hacer magia con un pincel en la mano incluso estando postrada y sin poder moverse de la cama, nos atrajo intensamente. Descubrir sus  autorretratos nos permitió adentrarnos en el cajón desastre de su vida y en la excelencia artística de su obra.

Frida empezó a pintar por accidente, en la acepción más literal de la palabra accidente. Cuando era adolescente el autobús en el que viajaba fue atropellado por un tranvía, y entre otras muchas tropelías, un pasamanos de hierro le cruzó de lado a lado, entrando por la cadera hasta salir por la vagina, dejándola maltrecha y con importantes secuelas de por vida. Sus largos padecimientos la llevaron a convertir su propia cama en un improvisado taller de pintura, y la imagen desolada de su cuerpo y su alma reflejada en el espejo de su habitación, (también tenía una pierna más delgada fruto de una poliomielitis infantil) en su más poderosa fuente de inspiración.

Desde entonces sus pinturas son su biografía, el catálogo de sus angustias y tormentos, la muestra magistral y eterna de sus cicatrices, padecimientos, anhelos y frustraciones –  como la de no llegar nunca a ser madre, pese a sus repetidos intentos inútiles por retar a su lesionado hueso púbico. Aunque no todo fueron desgracias y algunas de sus mejores pinturas también nos cuentan la parte menos dramática de su existencia: la narración prodigiosa de sus amores, su riquísimo entorno cultural, y sus noches de desenfreno,- asistió a una de sus exposiciones tumbada en la cama, desde la que bebió, comió y contó chistes-.

Ahora cincuenta años después de su muerte salen por fin a la luz sus objetos personales: vestidos, abalorios, papeles y diarios. Otros testigos mudos de su obstinada vida, que al contrario de sus pinturas, fueron forzosamente apartados de la mirada del público por prescripción testamentaria de su marido, el también pintor mexicano Diego Rivera. Éste, con quién también compartió una vida excéntrica de encuentros y desencuentros, decidió en un postrero arrebato por preservar a toda costa algún retazo de la intimidad de su vida en común, esconderlos debajo de la alfombra de baño, y así librarlos por unos años, del manoseo, la inquisición y la rapiña social.

Y es que en la lacrada vida de Frida Kalho, nada era gratuito. Todos esos vestidos medio folclóricos de inspiración precolombina que solía llevar, sus adornos de artesanía mexicana, los corsés ortopédicos que ella misma diseñaba. Cada objeto con que vestía, adornaba o escondía su cuerpo, formaban parte del personaje con el que había decidido mostrarse al mundo. Cada detalle de su persona, su gran ceja, sus aparatosos peinados, y otros aspectos de su imagen, conformaban su pequeña coraza para enfrentarse a una existencia, que aunque tremendamente hostil, al mismo tiempo le otorgaba la fama, el éxito y la consagración artística. Sus ropas fueron una parte esencial de su diálogo con el mundo, además del mejor escondite para sus inclemencias físicas, sus deformidades y sus aparatos. Con ellas construyó el más poderoso cuadro de sus creencias: la expresión de sus raíces indígenas, su educación europeísta, su defensa a ultranza de los derechos de la mujer, y su decidida apuesta por la vida, aunque esta le fuera tan esquiva.

Por ello, mientras en su casa museo trabajan sin descanso preparando la exposición de estos tesoros bajo el sugerente título “Las apariencias engañan”, la revista VOGUE como no podía ser menos, le dedica su edición del mes de noviembre, en una cuidada edición que estamos deseando conseguir. Así que chicas con este ejemplo se cumple nuestra máxima: “La vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia”. Feliz día !!!!

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