EXPERIENCIA ABERCROMBIE MADRID

septiembre 6, 2012 § 3 comentarios

EXPERIENCIA ABERCROMBIE

Chicas por fin hemos vivido la experiencia en propias carnes. Finalmente después de casi un añito de rodadura nos hemos lanzado a conocer a los dueños de los tipazos más imponentes de la capital en la super tienda de Abercrombie & Fich en el barrio de Salamanca. Y os podemos asegurar, que tal y como defienden los responsables de esta marca típica de los teenagers americanos, te hacen vivir una experiencia totalmente sensorial.

Y es que todo empieza incluso antes de llegar al palacete del siglo XIX donde se encuentra la tienda. Según nos íbamos acercando al barrio empezamos a percibir el intenso aroma a colonia que se extiende alrededor de las calles colindantes, marcando sin duda el camino directo hacia la entrada de las antiguas caballerizas desde las que se accede al recinto. Allí, como una escultura más del edificio, nos esperaba a pecho descubierto un lindo efebo rubio de medidas perfectas cuya sonrisa todavía no hemos podido olvidar. (Tenemos entendido que en los primeros meses de la tienda, te esperaban hasta cinco o diez de estos seres tan bien dotados, y que en la inauguración hubo hasta cien de ellos llegados de todo el mundo, y largas colas para entrar).

Pero el rubio no está solo, a su lado se encuentra una linda muñequita vestida de azul, que con su cámara al hombro ofrece a las clientas la posibilidad de abusar un poco del tío bueno haciéndose unas fotos bien abrazaditas a él como impronta eterna de su visita. Después y con el olor impregnado en tu cuerpo entras por fin a un recinto oscuro con efectos de discoteca y amenizado con un musicón que ya querrían muchos garitos madrileños. Cuando te acostumbras a la oscuridad lo primero que perciben tus ojos es una inmensa mesa de madera y estanterías a conjunto con algo de colores brillantes encima – a primera vista parecen botellas-  y un montón de guapos y guapas bailando alrededor.

Abrumada por este ambiente tan fiestero te preguntas donde está la ropa, mientras te planteas si dejar las compras para otro día, pedirte un Gin Tonic con pepino, sumarte al cuerpo de baile, y pasar una tarde mirando guapos y tomando copas. Por fin si te fijas bien, descubres que lo de los colorines no son botellas sino las estanterías de ropa que ordenadas por colores e iluminadas tipo mueble bar, se extienden por las paredes oscuras mostrando la mercancía.

Tras una vuelta a este mini laberinto de armarios y mostradores llenas de básicos para visitar los Hamptons, – gorras, polos, sudaderas y camisetas – donde niños y niñas no se sabe si están de compras o tonteando, te topas con una magnífica escalera del siglo pasado, decorada con frescos representando lo que parecen escenas de vestuario de Universidad americana, en las que nadie lleva ropa, y han prescindido de los gordos y los feos. A los pies de la misma se alza una escultura del más guapo de ellos, con tableta abdominal y culo en pompa, que más de una habrá acariciado como si tal cosa.

En el segundo piso parece que hay más variedad de ropa, y se suman a los básicos, faldas, pantalones y vestidos. Nos atrae uno tipo baby doll, aunque no tenemos claro si es azul o negro por la escasa luz de la zona. También dudamos si nos lo podremos meter, porque allí las tallas parecen de tienda de niños, y la L no llega ni a una 36 de Zara.

En esta planta también hay guapos y guapas que parecen moverse al ritmo de la música, y que te saludan en inglés con un HEY WHATS GOING ON. Así que con el vestido en la mano molestamos a una que, aunque parece no haber cumplido los quince, igual hasta nos ayuda. Ante la pregunta de si el vestido es de color azul o negro, la reacción de la chica es desproporcionada, sin dejar de hacer aspavientos infantiles nos explica que en Abercrombie no hay nada negro. El negro está prohibido, aquí lo más oscuro es el azul marino. Lo de la talla ni lo comentamos para no ofenderla más.

Tras el primer traspié con el vestido, apostamos por una camiseta amarilla que parece chula y de talla normal, aunque al mirarla de cerca descubrimos que el logotipo del Alce – emblema de la casa- tiene un tamaño desproporcionado para el pequeño pedazo de tela. Sofía nos tranquiliza recordándonos que el bicho ha debido crecer al mismo ritmo que el caballo de Polo, o el cocodrilo de Lacoste, que últimamente pareciera que fueran a morderte.

La visita concluye sin compra, con las manos en los bolsillos y un olor intenso en el cuerpo. Pero al menos ahora ya podemos constatar por experiencia propia que lo mejor de la especie madrileña se encuentra en Abercrombie, aunque hay que preguntar primero la edad. Experiencia sensorial a tope¡¡¡¡

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